Introducido por Constantino en el siglo IV, el sólido de oro bizantino mantuvo su peso y pureza durante casi setecientos años. Fue, sin exagerar, el dólar de la Edad Media.
Aceptado de Rávena a Jerusalén, financió un imperio que sobrevivió mil años. Su estabilidad era una declaración política: mientras el oro no se devaluara, el Imperio seguía en pie.
Una moneda que era un icono
Muchos sólidos muestran a Cristo de frente o a la cruz: la moneda era también un objeto de fe. Llevar uno hoy es sostener a la vez economía, política y religión de un imperio milenario.